Ministro de Piñera desafía a quienes piden un nuevo país
Competencia electoral sugerida por Golborne no resuelve las demandas ciudadanas sin cambiar la Constitución de Pinochet.
“Quienes crean que hay cambiarlo todo, que se presenten a las elecciones respectivas y consigan los votos para cambiar todo como estimen conveniente”. Así respondió el ministro de Obras Públicas, Laurence Golborne –el político gobiernista mejor evaluado por las encuestas-, acerca de la paralización nacional de dos días impulsada por la Central Unitaria de Trabajadores (CUT).
Aunque su reto proyecta la probable competencia de la próxima elección presidencial (2013) entre el sistema autoritario-neoliberal proveniente de la dictadura y el nuevo y auténticamente democrático que demandan las actuales manifestaciones populares, genera falsas expectativas si “cambiar todo” es prácticamente imposible bajo la granítica Constitución de Pinochet.
El petitorio sindical incluye cambios radicales en la previsión social, la salud y la educación, un nuevo código del trabajo, una reforma tributaria y, como culminación, una nueva Constitución Política del Estado, generada democráticamente y que consagre todos los derechos sociales.
El desafío lanzado por el delfín del Presidente se sustenta en el poderío incontrarrestable del sector que colaboró con la dictadura y que controla hoy la política, la economía y la institucionalidad en general, y en un pueblo restringido e incapaz hasta ahora de autodeterminarse. Su autor ha sido una de las pocas autoridades que se ha dignado a comentar el contenido y las aspiraciones de los convocantes a la reciente protesta.
“Quienes crean que hay cambiarlo todo, que se presenten a las elecciones respectivas y consigan los votos para cambiar todo como estimen conveniente”. Así respondió el ministro de Obras Públicas, Laurence Golborne –el político gobiernista mejor evaluado por las encuestas-, acerca de la paralización nacional de dos días impulsada por la Central Unitaria de Trabajadores (CUT).
Aunque su reto proyecta la probable competencia de la próxima elección presidencial (2013) entre el sistema autoritario-neoliberal proveniente de la dictadura y el nuevo y auténticamente democrático que demandan las actuales manifestaciones populares, genera falsas expectativas si “cambiar todo” es prácticamente imposible bajo la granítica Constitución de Pinochet.
El petitorio sindical incluye cambios radicales en la previsión social, la salud y la educación, un nuevo código del trabajo, una reforma tributaria y, como culminación, una nueva Constitución Política del Estado, generada democráticamente y que consagre todos los derechos sociales.
El desafío lanzado por el delfín del Presidente se sustenta en el poderío incontrarrestable del sector que colaboró con la dictadura y que controla hoy la política, la economía y la institucionalidad en general, y en un pueblo restringido e incapaz hasta ahora de autodeterminarse. Su autor ha sido una de las pocas autoridades que se ha dignado a comentar el contenido y las aspiraciones de los convocantes a la reciente protesta.
Mejor que gobernar
La candidatura presidencial de Sebastián Piñera prometió en 2009 un cambio y una “nueva forma de gobernar”, conquistando a una mayoría electoral que quiso ver en el candidato a un eficiente servidor de sus aspiraciones concretas y no el fortalecimiento de un modelo político impuesto.
Piñera no creía ni cree que los amarres autoritarios importen a la gente –en especial los altos quórum que, sumados al “empate” parlamentario determinado por el sistema electoral, hacen inmodificables los pilares de la Constitución- y lo ha demostrado hablando de “revolución” para referirse, en la práctica, al “perfeccionamiento” del modelo neoliberal, a una administración eficiente incluso en tareas impensadas, como el rescate de 33 mineros atrapados bajo tierra durante varias semanas.
Pero, en poco más de un año de ejercicio, dos terremotos le averiaron el panorama: uno físico, heredado, y otro social, de su absoluta incumbencia. Porque, a pesar de las ladinas excusas oficialistas en el sentido que la responsabilidad mayor recae en los gobiernos anteriores, no es sino el marco institucional vigente el que ha permitido a su sector construir una sociedad a su amaño y conveniencia, controlar a los opositores hasta desorientarlos y mantener a la ciudadanía enfrascada –hasta hace poco- en necesidades individuales y de consumo.
Por eso han surgido en él proyectos unilaterales, llamados sordos al diálogo, mediciones comparativas con lo malo de la actual oposición y aparente indolencia ante las masivas protestas populares. Lo más apremiante parece ser la mantención de la marcha diaria (y económica) del orden construido, en el cual el factor clave no es el ejercicio gubernativo sino un poder otorgado, desgraciadamente, sin democracia.
Julio Frank S.
Piñera no creía ni cree que los amarres autoritarios importen a la gente –en especial los altos quórum que, sumados al “empate” parlamentario determinado por el sistema electoral, hacen inmodificables los pilares de la Constitución- y lo ha demostrado hablando de “revolución” para referirse, en la práctica, al “perfeccionamiento” del modelo neoliberal, a una administración eficiente incluso en tareas impensadas, como el rescate de 33 mineros atrapados bajo tierra durante varias semanas.
Pero, en poco más de un año de ejercicio, dos terremotos le averiaron el panorama: uno físico, heredado, y otro social, de su absoluta incumbencia. Porque, a pesar de las ladinas excusas oficialistas en el sentido que la responsabilidad mayor recae en los gobiernos anteriores, no es sino el marco institucional vigente el que ha permitido a su sector construir una sociedad a su amaño y conveniencia, controlar a los opositores hasta desorientarlos y mantener a la ciudadanía enfrascada –hasta hace poco- en necesidades individuales y de consumo.
Por eso han surgido en él proyectos unilaterales, llamados sordos al diálogo, mediciones comparativas con lo malo de la actual oposición y aparente indolencia ante las masivas protestas populares. Lo más apremiante parece ser la mantención de la marcha diaria (y económica) del orden construido, en el cual el factor clave no es el ejercicio gubernativo sino un poder otorgado, desgraciadamente, sin democracia.
Julio Frank S.
Etiquetas: Chile, Constitución, Política
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