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{ NOTAS AL MARGEN } ©

26.7.10

¿Día del periodista?

El Día del Periodista conmemora la creación del Colegio de la Orden, pero el país y los chilenos han cambiado demasiado como para que aquel 11 de julio de 1956 sea celebrado con entusiasmo. No fue una simple evolución: el golpe de 1973, junto con decretar un nuevo sistema político, impuso una actitud poco sociable que prevalece hasta hoy.

En el campo de la información pública, los periodistas del siglo XXI se encuentran con que la demanda por noticias e interpretación de la realidad social –su área fundamental- es ínfima comparada con la de información de uso doméstico. Con que muchos hechos trascendentes del día a día o que podrían serlo no logran ver la luz en medios de comunicación desbordados por la ficción y la publicidad. Con que lo que les pide su empleador no es que sean informadores sino promotores de su fuente laboral y de quienes la financian. Con que, en definitiva, tienen que resignarse a funciones y objetivos definidos por profesionales de otras áreas.

De este modo, pese a haber mejorado sustancialmente su formación, han empeorado apreciablemente su ejercicio y reducido en forma significativa su influencia en la sociedad. Las escuelas universitarias les preparan en la teoría, pero la competencia mercantil se las desbarata en la práctica. Deben pagar cuantiosa y estrictamente sus estudios, pero se les remunera con escasa cuantía y estrictez.

Presionados por la urgencia del sustento diario, muchos periodistas acatan esas inicuas condiciones. Algunos, aprovechando una ventajosa exposición pública, consienten en ser rostros y voces de mensajes comerciales, contrariando la ética del Colegio. Otros se han pasado directamente a la vereda de enfrente, es decir, a las relaciones públicas –hoy, asesorías comunicacionales-, lo que, sin bien está dentro de su campo ocupacional, les aleja de lo público para comprometerles prioritariamente con lo privado. Algo equivalente ocurre con quienes se dedican a las aplicaciones informáticas, las que acentúan la forma, no necesariamente el fondo. Sólo unos pocos tratan de mantener en alto las banderas de la libertad de expresión y el pluralismo informativo, aunque arrinconados por los grandes consorcios periodísticos privilegiados. El resto se debate en una crónica y penosa cesantía.

Ni siquiera los llamados medios sociales, generados por el desarrollo cibernético, han sido del todo un cauce liberador de esta prensa constreñida y desfigurada. Las revelaciones, denuncias y propuestas independientes no tienen (aún) la misma consistencia desde el ciberespacio que los medios tradicionales.

El lector del quiosco

No son días, años ni época para este gremio, está claro. Pero, ¿qué tan trascendente es eso? Demasiado. Cito una experiencia personal:

Una tarde caminaba cerca de la Alameda, en Santiago, cuando observé a un transeúnte que miraba las portadas de los diarios frente a un quiosco. Me detuve junto a él e hice lo mismo. Cuando me vio, me indicó con asombro un titular referente al récord que había alcanzado el precio internacional del petróleo, profusamente difundido. “¡Esto es peor!”, le repliqué, señalando con ironía una caricatura de los entonces precandidatos presidenciales. Le dio una fugaz mirada, se puso serio y se retiró rápidamente sin decir ni insinuar nada.

No es fantasioso interpretar que ese lector se identifica con los temas que repiten los grandes medios, particularmente la televisión, y que rehúye de los que no están entre los favoritos de éstos, como la política. Probablemente, en forma consciente o subconsciente, ha aceptado que otros le digan lo que tiene que pensar y hacer. El sueño dictatorial.

La dictadura, en consecuencia, no ha terminado. Y no es amiga del periodismo.


Julio Frank S.

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¿Día del periodista?

12.7.10

La realidad detrás de las transnacionales



La asociación Paz con Dignidad y su Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) presentan este documental, titulado “El segundo desembarco: Multinacionales españolas en América Latina” (40'), que revela el impacto social, cultural, económico, ambiental y en los derechos humanos de las empresas transnacionales españolas, así como algunas de sus estrategias, procedimientos y objetivos.

Fuente: blip.tv

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La realidad detrás de las transnacionales

1.7.10

Otra tarea para chilenos de corazón


Estamos perdiendo nuestro cobre y nuestra agua; el Parlamento no nos representa a todos; nuestra legislación posterga a los trabajadores y los pequeños y medianos empresarios; nuestros medios de comunicación nos bombardean con información parcial y ficción barata; nuestra historia y nuestra cultura están en segundo o tercer plano; impera el negocio sobre el sentido común y el interés personal sobre la convivencia social, y las frustraciones se convierten en temor, apatía y delincuencia. ¿Nada tenemos que decir y hacer en nuestro Bicentenario?



Los miles de hinchas que gritaron “¡Viva Chile!”, agitaron el emblema patrio y agotaron el merchandising durante varios días de fiesta deportiva tenían una gran premisa: Chile debía jugar siempre al ataque. La digna actuación del seleccionado en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica cumplió esa exigencia y quedaron, al menos, satisfechos.

No obstante, el representativo nacional ha alcanzado un nivel muy sobre el que la hinchada ha logrado como pueblo y ciudadanía. El grado de preparación, cohesión, dinamismo y compromiso exhibido por jugadores y técnicos poco tiene que ver con el interés cívico –aquel que va más allá de la situación personal- mostrada por la mayor parte de quienes los alentaron con tanto fervor. Bastaría citar el desventajoso estado en que se encuentra la principal riqueza natural del país, el cobre: la administración política ha cedido el 70 por ciento a empresas extranjeras concediéndoles beneficios tributarios perjudiciales para los chilenos. Prima todavía, además, el silencio sobre la institucionalidad que nos rige, herencia de una dictadura y pobre, por lo mismo, en derechos.

Compartir con la elite

Hace dos semanas se debatió en Santiago sobre la “eficacia e impacto político de la sociedad civil”. Se buscaba la “reinvención de la ciudadanía” para que ésta ocupara “un rol protagónico en la discusión de las políticas públicas y del devenir de la democracia”, según la convocatoria del encuentro, organizado por la Asociación Chilena de Organismos No Gubernamentales Acción. Cinco años atrás, esta ONG participó activamente en una campaña por una nueva Constitución; sin embargo, esta vez ese tema no estuvo en sus pautas de discusión.

Si no fuera por su función electoral, la gran población chilena tendría escasa trascendencia política. El Parlamento que elige según un inusual modelo binominal no es fielmente representativo de las diversas corrientes de opinión que la cruzan. La inscripción en partidos políticos bordea el 10 por ciento del total de habilitados para votar, pero las decisiones internas de éstos son habitualmente cupulares y excluyentes. La afiliación a sindicatos apenas supera la décima parte del cuerpo de trabajo y sus dirigentes sufren restricciones políticas. La actividad vecinal está fuertemente influida por las municipalidades y sus alcaldes. Tampoco existe un Defensor del Pueblo y las etnias originarias carecen de un estatuto para sus derechos ancestrales.

A todo esto, la industria de la comunicación suministra implacablemente noticias policiales y ficción truculenta seguidas de diversión ramplona. Ni siquiera el canal de televisión del Estado se exceptúa, obligado por ley a autofinanciarse. Mientras, la publicidad martillea incesantemente la intimidad de modo de dejar absolutamente claro qué es lo que conviene a la sociedad.

Así, el trabajo más trascendente lo sigue haciendo un solo sector, el más pudiente, la elite: políticos y grandes empresarios e inversionistas. El resto, la mayoría, está llamado a participar solamente como elector de sus estrategias, usuarios de sus servicios y materia prima de sus cifras económicas. Es libre sólo para elegir y comprar lo que ellos le ofrecen. Los auténticamente libres, como en toda sociedad oligárquica –no democrática-, son minoría. La Constitución Política del Estado, redactada y promulgada sin democracia, lo consagra.

Para colmo, un prolongado fenómeno sísmico tiene a miles de damnificados con el alma en vilo y dependiendo de la buena voluntad de las autoridades de turno.

Menos palos y mimos

Presionados por un sistema político destinado a evitar que vuelvan al poder los partidos disueltos tras el golpe de estado, los chilenos, en general, resignan gran parte de sus derechos ciudadanos para obtener mejor provecho de su condición de consumidores.

Pero tampoco en este último estatus les corresponde la parte ancha del embudo. Si bien el crédito fácil –incluso “sólo con el carnet”- les ha permitido disfrutar de bienes domésticos a los que sus remuneraciones regulares no tienen acceso, la mora en el pago les significa, también fácilmente, ser penados con una anotación en un registro público que les impide el derecho a nuevos empréstitos y cuya eliminación es engorrosa. Cuando reclaman por abusos o estafas, no existen como colectividad y son tratados como problemas individuales; las demandas judiciales colectivas no han prosperado, en particular aquella presentada por un cuantioso fraude de precios en el negocio de las farmacias. Ni otra por el defectuoso servicio del actual sistema de transporte público de la capital.

Entretanto, sus cuantiosos fondos previsionales penden de los altibajos del mercado y el actual gobierno pretende aumentar las garantías tributarias a las grandes empresas mineras extranjeras.

Hacer historia

A pesar de todo eso y mucho más, el chileno del siglo XXI es todavía un ejecutor de la ideología neoliberal, aquella que dice que el hombre no es un ser social sino individual y que la sociedad humana no está conformada por personas con derechos comunes sino por individuos con libertades personales. Rehúye de la política y ni siquiera se inmiscuye en lo que deciden aquellos por los que ha votado. No ha entendido un llamado a una asamblea constituyente realizado desde un sector de él. Está a merced de una legislación laboral contraria a sus derechos e intereses como personas y trabajadores. No participa del avance de la economía sino que la carga sobre sus hombros y no tiene medios de comunicación social que reflejen lo que es y necesita.

Hastiada de las promesas incumplidas de la Concertación, la mayoría electoral optó por cambiar de gobierno, pero eligió... al mejor representante del sistema.

Pareciera haber olvidado o no importarle su pasado...

A la selección de fútbol pedía “hacer historia” en Sudáfrica, pero ni siquiera aquí la mayoría lleva la voz cantante. El ascenso del balompié chileno no parte de la demanda de los fanáticos del tablón sino de la efectiva estrategia comercial y comunicacional de sus actuales inversionistas y ejecutivos, a cargo hoy de las principales enseñas del país, ayer clubes deportivos.

Chile, mucho más

En definitiva, ese entusiasta apoyo popular exige que la elite haga lo que millones no están dispuestos -todavía- a hacer como ciudadanía: luchar por un bien superior, nacional. Espera que once futbolistas jueguen siempre a la ofensiva en circunstancias que, en su papel más importante, está a la defensiva.

Más allá de los triunfos o derrotas deportivas, lo importante es que la llamada sociedad civil deje de estar convencida de que sólo es una clientela que compra, un trabajador que vende y un ciudadano que cede su destino guardándose su dignidad y comience a hacer su trabajo: contribuir a dar sentido y valores democráticos a la sociedad en que convive. ¿Es mucho pedir? Los pueblos vecinos -incluso algunos a los que suele mirar por sobre el hombro- han mostrado al menos un punto de partida: una ley fundamental que represente el sentir popular.

¿No es patria también gritar “ceacheís” y agitar banderas por que todos los derechos políticos, económicos y sociales estén consagrados al menos constitucionalmente? ¿Por que sean preservados todos los valores culturales de 200 años de vida independiente y no sólo de 37 ó 20? ¿Por que los recursos naturales pertenecientes a todos –cobre, agua y otros- sean efectivamente de todos?

Chile es un equipo y una camiseta, pero también mucho, mucho más.

Julio Frank S.

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Otra tarea para chilenos de corazón