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{ NOTAS AL MARGEN } ©

16.1.10

Candidato con menor rechazo popular será Presidente de Chile

Dos candidatos que generan gran rechazo popular entre sus respectivos adversarios, lo que no se veía desde el plebiscito sobre Pinochet en 1988, disputan este domingo la Presidencia de Chile, país que inicia la conmemoración del bicentenario de su independencia. Una campaña larga y agobiante, en la que escaseó la claridad de propuestas y la visión de futuro, preceden la segunda vuelta de las elecciones.

Uno de los aspirantes, multimillonario y con una pequeña ventaja en las encuestas, asegura que será “el Presidente de la clase media y de los más necesitados” y promete “un millón de nuevos empleos con sueldos justos”, en circunstancias que representa a los sectores más acomodados y privilegiados. Ha execrado la corrupción administrativa de sus rivales y silenciado aquella que permitió la capitalización en dictadura de varios grupos económicos que prosperan hoy en el país, entre otros silencios. A su proximidad al triunfo ha contribuido poderosamente la división de sus rivales.

El otro candidato, político, que ha aparecido permanentemente derrotado, trasformó súbitamente, ante el fantasma del fracaso, la soberbia y displicencia mostrada hacia un rival de sector en altruismo y generosidad. Anticipa más derechos sociales a través de una nueva Constitución, pero indirectamente ha declarado a su pueblo interdicto para asumir por sí mismo una tarea que le es propia al plantear una comisión designada. Declara categóricamente “no a la derecha” y cuestiona la intromisión del dinero en la política, como si la coalición que le apoya no hubiera preferido asociarse con aquélla en vez de escuchar la voz popular mayoritaria.

Mientras tanto, los medios de información en general ya son ganadores: perdieron los candidatos que anunciaban reformas de fondo al modelo neoliberal, cuya difusión, además, evitaron o minimizaron hasta donde pudieron, especialmente el tema de una asamblea constituyente y una nueva Constitución.

La ciudadanía se limitará a elegir una de las ofertas habituales como lo ha hecho regularmente desde hace veinte años, postergando momentáneamente sus quejas por la mala calidad de la política y los políticos. Hace un mes desechó a los aspirantes “alternativos” a parlamentarios votando abrumadoramente, una vez más, por el binomio “oficial” Concertación-Alianza. No resulta extraño entonces que aquel sector que, al margen de candidatos y partidos, se atrevió a alzar la bandera de la asamblea constituyente y marcar su voto como medida de presión no haya podido superar aún la apatía cívica general y, en particular, el egoísmo existente dentro de la propia sociedad civil.

¿Merecen los votantes chilenos ser puestos entre la espada y la pared por dos candidatos con tanto rechazo?


Sólo obtendrán algo mejor cuando levanten estadistas y líderes sociales, den su preferencia a medios de comunicación comprometidos con el desarrollo social y se pongan pantalones largos para apurar por sí mismos el verdadero cambio: una institucionalidad auténticamente democrática.

Julio Frank S.

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