Callarse y acallarse
El breve altercado verbal entre el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y el rey Juan Carlos de España en la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile sirvió no sólo para alterar la sensibilidad hispana y opacar el esfuerzo diplomático chileno sino también, a su manera, para sentar un importante precedente.
La intervención del gobernante no fue precisamente un modelo de urbanidad, pero hizo trascender a la opinión pública un aspecto de este tipo de reuniones que a menudo sus organizadores y participantes no desean que trascienda: el ánimo de fondo que mueve a las máximas autoridades de Iberoamérica.
La división ideológica en América Latina se ha acentuado desde la asunción de mandatarios progresistas en varios países en los últimos diez años (Brasil, Argentina, Bolivia, Venezuela, Ecuador, Nicaragua), sin contar la ya eterna Cuba, dejando en minoría a sistemas neoliberales como los de Chile, Colombia, México y Perú. El cierre de la cumbre alternativa ilustró acerca de este nuevo alineamiento continental (incluso no asistió Bachelet ni otro representante de los anfitriones).
De no haber ocurrido el altercado, desagradable y todo, la XVII Cumbre Iberoamericana habría quedado para el gran público, como las anteriores, ni siquiera para el recuerdo, pero la reacción real impulsó en pocos minutos a todo el mundo la imagen de una América Latina -particularmente Sudamérica- muy distante de la comunión de intenciones que estos encuentros presidenciales intentan mostrar.
Si los interpelados lo tomaban como un insulto, quizá hubiese sido mejor callarse, porque la forma estaba perjudicando el fondo. Pero alguien tiene que sacudir de vez en cuando el distractivo protocolo que esconde lo que realmente ocurre, lo que implica no acallar, en cualquier foro internacional o nacional, que la globalización indiscriminada está corrompiendo a demócratas haciéndoles creer, por ejemplo, que la democracia se hizo para los grandes poderes transnacionales o que se puede eximir de ella a quienes ofrecen 1.200 millones de consumidores.
Julio Frank S.
La intervención del gobernante no fue precisamente un modelo de urbanidad, pero hizo trascender a la opinión pública un aspecto de este tipo de reuniones que a menudo sus organizadores y participantes no desean que trascienda: el ánimo de fondo que mueve a las máximas autoridades de Iberoamérica.
La división ideológica en América Latina se ha acentuado desde la asunción de mandatarios progresistas en varios países en los últimos diez años (Brasil, Argentina, Bolivia, Venezuela, Ecuador, Nicaragua), sin contar la ya eterna Cuba, dejando en minoría a sistemas neoliberales como los de Chile, Colombia, México y Perú. El cierre de la cumbre alternativa ilustró acerca de este nuevo alineamiento continental (incluso no asistió Bachelet ni otro representante de los anfitriones).
De no haber ocurrido el altercado, desagradable y todo, la XVII Cumbre Iberoamericana habría quedado para el gran público, como las anteriores, ni siquiera para el recuerdo, pero la reacción real impulsó en pocos minutos a todo el mundo la imagen de una América Latina -particularmente Sudamérica- muy distante de la comunión de intenciones que estos encuentros presidenciales intentan mostrar.
Si los interpelados lo tomaban como un insulto, quizá hubiese sido mejor callarse, porque la forma estaba perjudicando el fondo. Pero alguien tiene que sacudir de vez en cuando el distractivo protocolo que esconde lo que realmente ocurre, lo que implica no acallar, en cualquier foro internacional o nacional, que la globalización indiscriminada está corrompiendo a demócratas haciéndoles creer, por ejemplo, que la democracia se hizo para los grandes poderes transnacionales o que se puede eximir de ella a quienes ofrecen 1.200 millones de consumidores.
Julio Frank S.
Etiquetas: América Latina, Política
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