Un arco histórico notable
* Rector de la Universidad Católica, Pedro Pablo Rosso, ofreció un ajustado panorama de la medicina al presentar el libro “Médicos en la Historia de Chile”, del periodista Julio Frank.
Continuadores de esa tradición, muchos de ellos también con experiencias de postítulo en los grandes centros europeos, es la generación siguiente, entre los que destacan Eduardo Cruz-Coke, Ismael Mena, Aníbal Ariztía, Italo Alessandrini, Alfonso Asenjo, Rodolfo Armas, Hernán Alessandri, Onofre Avendaño, Hernán Romero, Cristóbal Espíldora y Jorge Mardones. A su vez, esta generación es la formadora de una gran proporción de quienes integran la última generación representada en el libro. Entre estos últimos destacan Roberto Barahona, Claudio Costa, Alberto Cristoffanini, Victoria García, Ivar Hermansen, Amador Neghme, Arturo Tello y Salvador Vial, algunos de los cuales inician en nuestro país la experiencia del perfeccionamiento profesional en los Estados Unidos, que tan fuertemente ha influido a la medicina chilena del último medio siglo.
La lectura de cada reseña biográfica adquiere, entonces, la propiedad de ser la pieza de un mosaico que, mirado en perspectiva, nos revela la imagen del conjunto. Vale decir, la historia de la medicina chilena desde la óptica de quienes, literalmente, la encarnaron. Sin duda, se trata de un arco histórico notable, que vemos desarrollarse en dos planos: el de la medicina hospitalaria y el de la salud pública. La primera, marcada profundamente por la gran tradición clínica francesa y anátomo-patológica alemana, es la cuna de la gran medicina clínica y de la cirugía chilena, cuyos máximos exponentes son los Profesores Alessandri, Armas Cruz, Scroggie y Asenjo. Es una época que marca también la plena madurez alcanzada por la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, que, además de grandes maestros de la medicina y de la cirugía, contaba con figuras muy destacadas en sus disciplinas básicas, notablemente Eduardo Cruz-Coke, fundador de la Sociedad de Biología de Santiago y, antes, Juan Noé.
Nuevas escuelas y especialidades
Otro aspecto que revela este libro es la creación de nuevas escuelas de medicina, donde algunos de los médicos incluidos fueron destacados docentes. En 1923 se fundó la Escuela de Medicina de la Universidad de Concepción, que contó con la participación de destacados profesores, entre ellos, algunos extranjeros como el profesor alemán de anatomía patológica Ernst Herzog y, posteriormente, Alejandro Lipschutz. En 1930 abrió sus puertas la Escuela de Medicina de la Universidad Católica, lo que significó otra importante contribución al cultivo de las ciencias básicas, particularmente de la fisiología, la neurofisiología y, pasada la mitad del siglo, la citología ultraestructural. En 1940 entró en funciones su Hospital Clínico, el segundo de ese tipo en el país, desde donde, pasada la mitad del siglo, tendrían un gran desarrollo la anatomía patológica, con Roberto Barahona; la radiología, con Fernán Díaz, y, posteriormente, la cardiología, cirugía cardíaca y el laboratorio clínico.
También destacan en este libro las figuras de los fundadores de las diversas especialidades médicas. En el campo de la pediatría, Don Roberto del Río, quien fue sucedido por su discípulo Luis Calvo Mackenna y, después, Arturo Scroggie. Otro pediatra muy destacado fue Don Aníbal Ariztía. En el campo de la obstetricia, una de las grandes figuras fue Don Carlos Monckeberg, discípulo de Caupolicán Pardo. El Dr. Monckeberg se cuenta también entre los fundadores de la Escuela de Medicina de la Universidad Católica, de quien fue primer decano. En su cátedra se formarían otros tantos maestros, entre ellos, Víctor Manuel Avilés. Maestro de la oftalmología fue Carlos Charlín Correa, formado en Alemania y Francia, fundador del Servicio de Oftalmología del Hospital del Salvador en 1917. La cirugía, inicialmente impulsada por Lucas Sierra, continuó su desarrollo con algunos continuadores notables, incluyendo a Félix de Amesti. Con Alfonso Asenjo, especializado en Alemania, nació en Chile la neurocirugía moderna.
Un gran aporte al desarrollo de la medicina chilena fue el establecimiento del régimen docente-asistencial de colaboración entre universidades y Servicio Nacional de Salud. Mediante este instrumento, la medicina chilena pudo contar con la colaboración de médicos universitarios y residentes, los cuales contribuyeron a mejorar en forma muy marcada la calidad de la asistencia otorgada. Hasta inicios de la década de los ’70 eran muy pocos los médicos que no trabajaban algunas horas del día en esos establecimientos.
En las décadas siguientes se produjo un cambio drástico de la organización de la medicina chilena con un paulatino debilitamiento de los convenios docente-asistenciales, el auge de la medicina liberal, las numerosas clínicas privadas y la tuición cada vez más lejana de las universidades sobre la enseñanza de postítulo. En la última década del siglo comienza otro capítulo en la medicina chilena: la proliferación de la escuelas de medicina. Sin duda, es un capítulo que cierra una era y cuya proyección y alcances apenas vislumbramos.
La medicina social
Todo lo conseguido en nuestro país en el campo de la medicina hospitalaria y de la educación médica es notable. Pero no puede compararse en cuanto a sus efectos en la salud de nuestra población con los logros de la medicina pública y de la medicina social. Ellas dieron origen a medidas legislativas y a políticas que, mantenidas a lo largo de muchas décadas, han permitido a nuestro país alcanzar cifras como expectativa de vida, mortalidad general, mortalidad materna y mortalidad infantil muy inferiores a las que tiene otros países con el mismo nivel de ingresos. Este es un logro del cual podemos estar muy orgullosos, porque además de los beneficios que he mencionado es la única contribución de relevancia mundial aportada por la medicina chilena.
La tradición de nuestro país en el campo de la higiene y de la salud pública se remonta a fines del siglo XIX, con la creación del Instituto de Higiene. Bajo la dirección del Profesor Federico Puga se formó en este Instituto una generación de grandes clínicos que, a la vez, fueron insignes promotores de la salud pública, como Alejandro del Río, Luis Calvo Mackenna, Ramón Corbalán Melgarejo, Lucio Córdova, Mamerto Cádiz y otros. Los principales avances en medicina social fueron la ley que creó el Código Sanitario y la Dirección de Sanidad en 1918, elaborada por Ramón Corbalán Melgarejo y Alejandro del Río, y la ley del Seguro Obligatorio de 1924, concebida por Exequiel González Cortés. Otro gran impulsor de la salud pública fue el mismo Cruz-Coke, quien, en 1938, como Ministro de Salud del Presidente Alessandri Palma, obtuvo la aprobación de la “Ley de Medicina Preventiva” y la “Ley de Madre y Niño”, ambas pioneras en nuestro continente. A esa lista de prominentes salubristas debemos agregar a Don Hernán Romero, uno de los creadores de la Escuela de Salubridad de la Universidad de Chile.
Dr. Pedro Pablo Rosso
Rector Pontificia Universidad Católica de Chile
Santiago, 26 de Mayo de 2005
Foto: Colmena Golden Cross. Un arco histórico notable



























0 Comments:
Publicar un comentario en la entrada
Links to this post:
Crear un enlace
<< Home