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{ NOTAS AL MARGEN } ©

17.2.15

Una isla en el sur de Chile


Hay poco más de 350 habitantes y sólo 12 kilómetros cuadrados, pero mucho más actividad que la imaginable: agricultura, crianza de salmones, religiosidad, leyendas y turismo.

Se trata de la isla de Chelín –“cerro pequeño” en lengua de los chonos-, en la también insular provincia de Chiloé, sur de Chile, a dos horas de navegación desde la ciudad de Castro, la capital provincial, fundada en 1567.


Su iglesia Nuestra Señora del Rosario, Monumento Nacional, es uno de los 16 templos chilotes declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Un antiguo y rústico cementerio, un astillero y un mirador para atisbar panorámicamente la belleza del lugar atraen también la atención.

Un tónico contra el estresante trabajo anual, los pelmazos que nunca faltan y los escándalos político-económicos, que han arreciado este verano austral más al norte.

J.F.S.

Fuentes: Hostel Entretenido ChiloéWikipedia.org

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Una isla en el sur de Chile

21.1.15

68,1% cree en la Asamblea Constituyente en Chile


El Estudio de Valores Sociales 2015 de la Universidad de Santiago de Chile (Usach) reveló que el 51,1 por ciento de las personas encuestadas opina que una nueva Constitución Política del Estado debe ser encargada por el Congreso Nacional a una Asamblea Constituyente y el 17,0 por ciento, que debe ser elaborada por una Asamblea Constituyente convocada por las organizaciones sociales del país. Apenas el 2,6 por ciento estima que debe ser elaborada y aprobada por el Congreso Nacional.

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68,1% cree en la Asamblea Constituyente en Chile

7.1.15

“Chile está un poco dormido”

“Me llamó mucho la atención que en un colegio, donde no hay muchos recursos, todos anduvieran con sus (teléfonos) celulares bonitos. Yo creo que hay un exceso de consumismo, de propaganda en televisión. Hay mucha televisión y la televisión adormece. Puedo estar equivocado, pero me da la impresión que Chile está… un poco dormido”. 

Claudio Narea, ex integrante del conjunto musical “Los Prisioneros”. 

 Fuente: Pablo Márquez, revista “En Acción”, Fundaciones Hogar de Cristo, diciembre de 2014. 

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“Chile está un poco dormido”

18.12.14

Para que el gol vuelva a ser el mismo


En el fútbol de hoy, unos siguen creyendo que existe romance, otros admiten que lo han perdido y quieren recuperarlo, mientras algunos alientan más el negocio latente. 

En el auditorio del Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile se realizó, el sábado 13, la Cuarta Asamblea de Hinchas Azules, una nueva organización social dedicada a recuperar una institución socio-deportiva que, fruto de diversos sucesos políticos, dejó de serlo para convertirse en una empresa productiva y de negocios, aun conservando bajo arriendo el nombre original. Una situación y acción similares y paralelas involucran al colectivo “Colo Colo de todos”. 

El fútbol y una pelota inflando la red deberían provocar en los hinchas esencialmente la misma reacción, la misma euforia. No tendría por qué ser de otro modo, si se trata precisamente de eso: de borrar todas las diferencias, discrepancias y desigualdades para ponerse, al unísono, en sintonía y en comunión en el goce de la máxima expresión del balompié. 

Pero ocurre que, en este nuevo y legalizado escenario, el gol ya no sólo es registrado por las pulsaciones cardíacas y el tablero marcador del estadio, sino también por el movimiento de la bolsa de comercio y las cuentas bancarias. 

Desde que este deporte, el más masivo y cautivante de todos, ha sido incorporado a la lógica calculadora y pragmática del negocio financiero, un balón ingresando al arco rival llega a generar distintas emociones o, al menos, diversas variedades de las mismas. La emoción de un hincha común y corriente, anónimo y ajeno a la marcha administrativa de sus colores, no podría ser confundida con la de un gran empresario o alto ejecutivo de la empresa propietaria –o concesionaria- de dicha enseña. La euforia del primero, ajena al contacto físico o material, proviene más bien de un simple sentimiento platónico, alimentado por un hecho bañado en simbolismo; la del segundo, en cambio, va más allá del juego y se deposita en el concreto y crudo, aunque también seductor, mundo de los negocios privados. 

Al interior de la propia hinchada anónima hay sensaciones encontradas: unos celebran los triunfos sin importarles cómo se gestan y quiénes lo hacen desde fuera de la cancha; otros, a quienes esto sí importa y determina, los asumen con un dejo de amargura al comprobar que cada vez se les margina más de su participación en ellos. 

En la práctica, unos avivan una entelequia, algo que parece ser, pero que ya no es (institución deportiva); otros, un deseo, que eso que ya no es vuelva a ser; los terceros, en cambio -sin evasivas ni contradicciones-, algo real y tangible, nada de simbólico, porque debe necesariamente redituar en dinero (empresa comercial). 

No por casualidad 

Para que esto sucediera en Chile debió irrumpir una dictadura, contraria, por definición, a cualquier manifestación social no controlada ni controlable. El poder autoritario presionó a los dos clubes más populares, en el primer caso comprometiéndole la gestión administrativa al destinarle recursos directos y, en el segundo, despojando a la universidad estatal madre de su cobertura nacional y dejándola bajo un régimen de cuasi-autofinanciamiento. 

Después llegaron los políticos de profesión, también contrarios, aunque no por definición, a cualquier manifestación social que se aleje del concepto partidista de democracia, los que dieron un doble golpe de gracia: persiguieron las deudas de ambas instituciones a través del Estado –Impuestos Internos y Tesorería, respectivamente- hasta la quiebra de ellas y aprobaron una ley de sociedades anónimas deportivas que declara al fútbol profesional un emprendimiento privado con fines de lucro. 

Así, tenemos hoy ex clubes o corporaciones deportivas cuya gran raigambre y convocatoria popular fue transformada, o se pretende transformar, en una colosal y disciplinada clientela que reemplace a la impredecible y molesta hinchada; en un mercado cautivo para productos e inversiones privadas que, en el marco de la economía ultraconsumista imperante, constituye un campo despejado para conglomerados económicos y financieros nacionales y transnacionales, para los que el fútbol es una pequeña parte de sus inmensurables negocios y preocupaciones… Algunos de sus miembros, peor aún, alcanzados por escándalos político-financieros. 

En la prensa deportiva no se objeta todo esto; dada la abundante publicidad de esos mismos sectores, sería un autogol. 

Sentido 

En este contaminado ambiente, en el que no prevalece la comunidad sino determinadas sociedades particulares, es explicable que el gol ya no signifique lo mismo para todos los fanáticos. 

Afortunadamente, todavía quedan remeros contra la corriente, que se han organizado para reclamar e intentar una salida. ¿Cuál? No hay muchas, pero debiera tener el mismo punto de partida que en cualquier ámbito del quehacer humano: devolver el sentido –o la cordura- a la vida en sociedad.

Julio Frank S.

Foto: IV Asamblea de Hinchas Azules, 13 de diciembre de 2014, Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, www.facebook.com

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Para que el gol vuelva a ser el mismo

1.12.14

Solamente azul

“Quienes nos hemos juramentado recuperar el Club lo hacemos porque nos negamos a renunciar a lo que la ‘U’ representa: libertad, comunión y camaradería. Nos negamos a aceptar que nos quiten todo aquello en lo que creemos y amamos. Nos rehusamos a ser hinchas de una empresa. Queremos volver a los orígenes, recuperar el misticismo y el romanticismo. Queremos poder enfrentar a la historia con la frente en alto y no avergonzarnos ante nuestros hijos cuando nos hagan esa inevitable pregunta: ‘¿Qué hiciste tú por la ‘U’’?”.

Andy Zepeda, “La ‘U’: la importancia de volver a ser club”.

Fuente: elmostrador.cl, 28-11-2014.

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Solamente azul

23.11.14

La AC en la calle este domingo


Fuente: @MarcaAC

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La AC en la calle este domingo

18.11.14

Marcha por la Asamblea Constituyente


Fuente: @MarcaAC


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Marcha por la Asamblea Constituyente

3.11.14

Manifestación ciudadana por una verdadera democracia


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Manifestación ciudadana por una verdadera democracia

21.10.14

Patético debate político sobre nueva Constitución

Conductores de la política chilena reiteran argumentos evasivos y pueriles, algunos parecen suplicar un acuerdo y otros están en franca campaña contra la Asamblea Constituyente. Y los medios masivos les ayudan evitando que este tema llegue a la mayoría de la población.

Se trataba de precisar, en el simbólico edificio del Congreso Nacional en Santiago, el pasado viernes 10, los problemas más graves de la aplicación de la Constitución de Pinochet reformada a un régimen supuestamente democrático como el chileno. Y de plantear una solución. 

Entre quienes estaban dispuestos a responder había “pesos pesados” de la política chilena, como el presidente del Partido Socialista y diputado Osvaldo Andrade, el “hombre fuerte” de la Democracia Cristiana y ex diputado Gutenberg Martínez, el senador y líder del Partido Por la Democracia, Guido Girardi, y –más importante aún- dos senadores de partidos surgidos para proyectar el legado político de la dictadura: Hernán Larraín (Unión Demócrata Independiente) y Alberto Espina (Renovación Nacional). Si fuera poco, estaban también reconocidos juristas, como el jefe del equipo de constitucionalistas del gobierno de Michelle Bachelet, Francisco Zúñiga; otro integrante de aquél, Fernando Atria, y el ex miembro del Tribunal Constitucional Jorge Correa Sutil. Era un panel como para despejar dudas y satisfacer en alguna medida los objetivos de asistentes y organizadores del seminario “El problema constitucional y su solución” –fundaciones Chile 21, Ebert y Progresa-, sin embargo… 

Ex Concertación 

En la hoy “Nueva Mayoría” gobernante, Gutenberg Martínez (DC) se limitó a repetir el contenido de las principales reformas a la actual Constitución acordadas por su partido y no fue al fondo del asunto. Guido Girardi (PPD) intentó dar (¿o suplicar?) algunas luces reiterando la necesidad de una Asamblea Constituyente como “la oportunidad” para relegitimar la política. Osvaldo Andrade (PS) fue incluso dramático al recordar a sus compañeros asesinados por la dictadura, pero ambiguo al exponer su opinión sobre el tema en debate: precisó enfáticamente, primero, que la Presidenta Bachelet no prometió una Asamblea Constituyente y enseguida ironizó anunciando que si la hubiera, él se presentaría como candidato (aunque legalmente no podría hacerlo como diputado en ejercicio). Lo más insólito en este caso es que Andrade presentó en 2011, junto a otros diputados de la entonces Concertación, un proyecto de ley destinado a establecer en Chile la institución de la Asamblea Constituyente. 

La derecha 

Los más sonrientes, una vez más, por este amasijo concertacionista fueron los dos representantes de la derecha, Hernán Larraín (UDI) y Alberto Espina (RN), aunque su respectiva intervención no tuvo qué envidiarle. Ambos reconocieron que el origen de la Constitución de 1980 –aún vigente con un centenar de cambios no estructurales- no tiene carácter democrático, pero aseguraron que en sí misma sí es democrática. Larraín agregó que no cree que los actuales problemas se resuelvan mediante una nueva carta constitucional, que la Asamblea Constituyente se justifica sólo en períodos de crisis y que, además, ésta es “irresponsable”, porque una vez terminado su trabajo, desaparece. Habría que creerle, porque en 2013 informó sin inmutarse que un proyecto de reforma destinado a instalar una cuarta urna, a modo de plebiscito, en las elecciones presidenciales de ese año no pudo ser tramitado por… haberse realizado ya dichos comicios. Espina, a su vez, calificó las críticas como meras “consignas”, admitiendo sólo un posible “perfeccionamiento” de la norma en vigor en determinadas materias, como el papel del Estado. 

Juristas 

Y si alguien buscó un oasis de brillantez escuchando a los juristas, terminó peor. Aunque Fernando Atria, integrante del equipo constitucionalista asesor de Bachelet, reafirmó que no es factible una reforma a la actual Constitución que permita una nueva, debido a que ésta fue hecha precisamente para no hacerlo posible, Francisco Zúñiga, el jefe de dicho equipo, reiteró que la prioridad debía estar justamente en ese tipo de reformas, emanadas de un acuerdo político en el Parlamento (es decir, que sean los elegidos mediante la Constitución de 1980 los que cambien la Constitución de 1980). Y si bien admitió que el poder constituyente originario –la soberanía popular- puede ser “institucional”, advirtió sobre la existencia de “fetichismo” por la Asamblea Constituyente. Jorge Correa Sutil enredó todavía más el tema al manifestar un pesimismo generalizado y centrarse en la necesidad de mayor debate entre políticos. 

Al final, el más simple y directo pareció el solitario ex senador y ex concertacionista Carlos Ominami –aun atónito por la intervención de Osvaldo Andrade-, quien reiteró su propuesta de plebiscito nacional para definir el desacuerdo. Solitario, además, porque -contrariamente a la cobertura mediática del fútbol y la farándula- escasearon las cámaras y los micrófonos que no fueran de los organizadores. 

Otros anticonstituyente 

Pocas horas después, el presidente de la comisión de Constitución del Senado, Felipe Harboe (PPD), senador de la “Nueva Mayoría”, reanudó en Chillán su campaña por una nueva Carta Fundamental basada en los llamados “cabildos” comunales. Su intención, como la de su par de la Cámara de Diputados, Ricardo Rincón (DC), es escuchar opiniones de los asistentes de la respectiva comuna con el fin de elaborar posteriormente un texto refundido de proyecto de nueva Constitución. 

Políticos patéticos, país sin rumbo, considerando que la Asamblea Constituyente no es más que el mecanismo democrático por excelencia para hacer participar, legalmente, a todos los ciudadanos de un país en la elaboración de la norma fundamental que les regirá. Sobre todo si la actual les negó tal derecho y sufren sus consecuencias. 

Julio Frank S.

Imagen: Afiche del seminario

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Patético debate político sobre nueva Constitución

1.10.14

Bachelet: entre la Asamblea Constituyente y un simulacro

La Presidenta de Chile no se siente presionada a convocar a una Asamblea Constituyente para dejar atrás la Constitución de Pinochet, pero sí a inventar un procedimiento que no altere los pilares consagrados en ésta. 

No, no significa eso”, respondió la Presidenta Michelle Bachelet cuando, al hablar sobre la participación popular en uno de sus principales proyectos de gobierno, la nueva Constitución, el periodista Fernando Paulsen le preguntó si lo que decía significaba una Asamblea Constituyente. 

Su indefinición y poca claridad al respecto, sin embargo, no parecen obedecer a limitaciones personales. Menos en ella, cuyo inédito respaldo electoral le ha permitido no molestarse siquiera en rendir cuentas por la distorsión que han sufrido sus propuestas de ley no sólo por causa de la oposición, sino también de un sector conservador de su propio pacto gobernante, la “Nueva Mayoría”. 

El problema es que, habiendo ganado con amplitud tres elecciones consecutivas el año pasado, su enorme apoyo popular no se ha notado durante sus primeros meses de gobierno. En contrario, la reforma tributaria, aquella destinada a obtener más de los ricos para distribuirlo entre los pobres, terminó con un acuerdo con la oposición de derecha al que faltó muy poco para culminar con las manos tomadas y alzadas como en 2006, cuando un gesto similar simbolizó la victoria político-partidista sobre el movimiento social estudiantil. Y la reforma educacional hacia un sistema universalmente gratuito y no discriminatorio, que parecía una conclusión mayoritaria y escasamente objetable, comenzó a agrietarse bajo los embates político-empresariales y de sectores “rebeldes” de la ex Concertación. 

¿Qué ocurre realmente con este extraño liderazgo? Es natural que se le critique por hechos puntuales, como promesas incumplidas, fracasos estruendosos e irregularidades en su primer gobierno, así como su lenta reacción tras el terremoto y tsunami de 2010; lo raro es que ni siquiera sus partidarios hablen de las causas, de presiones externas evidentes, como los intereses transnacionales sobre el funcionamiento de la economía del país. 

La nueva Constitución 

En 2015, según ha confirmado, corresponderá el turno a la tercera gran reforma prometida en el programa 2014-2018: una nueva Constitución, generada en democracia y, por lo tanto, con amplia participación popular. 

Bachelet ha reiterado que no desea una Carta Fundamental redactada “entre cuatro paredes”, por una elite –como ocurrió y ha ocurrido con la actual-, sino con real aporte ciudadano. Lo prometió al pisar suelo chileno después de su función de directora para la Mujer de las Naciones Unidas. Insistió durante su campaña electoral –aunque no en reuniones masivas, simplemente porque no las hubo- y durante el inicio de su nuevo mandato. 

Pero persisten dos grandes obstáculos: uno, la derecha post pinochetista, que ha demostrado ser capaz de desdibujar una mayoría electoral del 62 por ciento y que no está dispuesta a desarmar la Constitución de Pinochet, y además el sector democratacristiano de su propia alianza de gobierno, que pretende negociar todo, como siempre, en el Parlamento binominal diseñado por el fallecido dictador. 

Pueblo que se duerme… 

Con todo, no es eso lo más decisivo. La segunda traba –como ella lo ha reconocido en privado- es que no ha logrado aún remecer ni entusiasmar con este tema al grueso de los millones de electores que la votaron sucesivamente en 2013; más aún, no lo ha intentado como debiera, conservando al respecto una estrategia tibia y de segundo o tercer plano que le ha resultado cómoda. 

Pareciera, en este punto, que le deja tranquila un sistema de participación que no sea autónomo ni definitorio -lo contrario de una Asamblea Constituyente-, como los cabildos locales coordinados por alcaldes y concejales de cada una de las más de 300 comunas del país, en los cuales los vecinos que quisieran asistir expresaran libremente sus opiniones y propuestas, aunque, claro, de manera informal, no vinculante ni definitiva. Esto reafirmaría en la elite parlamentaria la exclusividad en las definiciones del contenido de las normas constitucionales, labor de triste recuerdo en el caso de leyes anteriores de gran trascendencia, como las de Educación y Pesca. 

Es decir, se pretendería lograr una democracia plena mediante un simulacro de proceso constituyente, encauzado en la institucionalidad que supuestamente se desea cambiar y que permitiría a los políticos partidistas dominantes exhibir el nivel de legitimidad institucional que desean y, paralelamente, preservar su puesto como controladores indiscutidos de la marcha y el destino del país. 

Un deber autoatribuido, el mismo que cumplió la Junta Militar de Gobierno al aprobar en 1980 un decreto-constitución que, junto con elevar a Chile al panteón de las economías más estables del orbe y a sus habitantes como uno de los pueblos más moderados, ha consagrado el individualismo como forma de vida y a los bienes transables como valores supremos y metas excluyentes. Ha prevenido eficazmente, además, los brotes de descontento popular sometiendo a los pobres y no tan pobres a la ley del más rico y poderoso a cambio de un oneroso, pero excitante derecho a endeudamiento; les ha inculcado que el desarrollo proviene siempre de fuera y no de dentro, obligándoles a renunciar al uso de sus principales recursos naturales, y les ha alejado de la información pública y de la cultura autóctona. Un país hecho para la teoría económica internacional y que, por propia disposición constitucional, no puede cambiar. 

Disipar el miedo 

No es extraño así que gran parte del pueblo chileno todavía mire su eventual participación en un auténtico proceso constituyente como si fuera algo ajeno e incluso peligroso. Ante tal desinformación y aprensión, la “clase” política dirigente se ha encogido de hombros hasta ahora o ha articulado frases de buena crianza. 

Difícilmente se podría acatar este estado de cosas si no se sintiera algún grado de miedo. Miedo a la muerte por las armas, antes, y miedo al aislamiento social –esencialmente por el desempleo-, después. Se puede prosperar aun así, pero con dudoso sentido. Como el que ha mostrado la actitud de la Presidenta chilena en el ámbito constitucional, la materia de gobierno más trascendente de todas, al rebuscar mecanismos de participación hechizos en una tarea meramente administrativa y no estimular la intervención “democrática, institucional y participativa” de la ciudadanía -que ella misma propone- a través del proceso que corresponde: una Asamblea Constituyente. 

Ha sido el personaje de mayor confianza pública y fenómeno electoral durante los últimos nueve años. Si no es un político como ella el que consiga disipar el miedo en sus compatriotas y conducirlos, cumpliendo un deber de estadista, hacia un destino distinto al trazado por la dictadura, entonces ¿quién?

Julio Frank S.

Foto: Michelle Bachelet, programa de gobierno 2014-2018, michellebachelet.cl

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Bachelet: entre la Asamblea Constituyente y un simulacro